6 personas recuerdan a su primer amor del instituto

Desde amores platónicos a primeras veces que se recuerdan para siempre. Esas personas que, tal vez, todavía tengas en tu vida y que te despiertan una sonrisa

Para algunos puede que no fuese el primero. Puede que en la guardería ya tuviesen a alguien especial con quien se cogían de la mano y se intercambiaban el chupete. Pero el instituto suele ser la fábrica por excelencia de primeros amores. Esos que pasan los años pero no conseguimos arrancárnoslos del todo del corazón o, al menos, los recordamos con una sonrisa. Tal vez porque perdimos la virginidad con ellos, o porque nos hubiese gustado hacerlo pero no llegamos ni a dirigirles la palabra. Amores, al fin y al cabo, que por muy inocentes que fueran, nos han convertido en lo que somos hoy en día.

Cris, 33 años: "Voy a su boda en unos meses"

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La primera vez que salimos tendríamos unos 13 años y él era más bajito que yo así que, cuando íbamos por la calle de la mano, se subía al bordillo para poder darme besos sin que me tuviera que agachar. Aquello no duró más de unas semanas pero, como seguimos yendo juntos a clase, a los 16 años el amor volvió a surgir de forma un poco más madura (esta vez aguantamos la friolera de seis meses).

El caso es que le quise tanto que pensaba que me iba a romper por dentro. Además del guapete de clase, era un tío divertido, íntegro y amigo de sus amigos. Tanto que, con el tiempo, ese amor adolescente se ha convertido en una amistad inquebrantable que, afortunadamente, todavía tengo en mi vida. De hecho se casa en unos meses y pienso estar en primera fila tirando arroz como una posesa si eso me garantiza que será feliz el resto de su vida. 

Álvaro, 22 años: "Pensaba que nos íbamos a casar"

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En primero de la ESO era un drama-queen-romantico-empedernido-brutal. Supongo que igual era por las hormonas. Me pilló un enamoramiento muy heavy con una chica que se llamaba Kim. Me quedaba embobado mirándola en clase y ella, como era de esperar, se daba cuenta de que llevaba horas clavándole la mirada y se giraba. Cuando hacíamos contacto visual me daba un escalofrío de amor muy potente. Le ponía cosas en la taquilla sin que se enterase y le hacía regalos. Luego por las noches me abrazaba a la almohada, cerraba los ojos y pensaba en ella antes de dormir para ver si podía soñar con ella. 

En mi mente vivía una historia de amor paralela en la que tenía posibilidades con ella, y nos íbamos a casar y blablabla... Un día me dijo de salir juntos por pena, pero al rato se arrepintió y me dijo: "Álvaro, a mi me gustas mucho COMO AMIGO". Ese día me lo pasé escuchando 3 Doors Down en bucle.

Natalye, 34 años: "Años más tarde me confesó que siempre le había gustado"

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Nunca me había fijado en él hasta que una tarde mi mejor amiga me dijo "no veas cómo te mira ese chico". Tendría unos 13 años y, como era una intensa que te cagas, me faltaron solo siete segundos y medio para verle el chico más guapo de todo el instituto. Nos cruzábamos en el patio, por los pasillos, a la salida, en los parques donde comíamos pipas los sábados e, incluso, alguna vez en Woody, la discoteca donde coincidíamos algunos viernes por la tarde. 

No hablamos nunca porque me paralizaba solo la idea de decirle algo. El último día de clase antes de las vacaciones de verano, y después de dos años, me atreví a darle una carta en persona antes de que empezara la universidad en septiembre y nunca más volviera a verle. Él se puso rojo y la cogió rápido pero con la misma indiferencia de quien recoge un primer premio en la plaza del pueblo y ese premio es un llavero de promoción de Fanta. Nunca dijo absolutamente nada.

Años más tarde, ya con unos exuberantes 22 años, lejos de ser la niña enamorada que perseguía al chico por los pasillos, la vida volvió a juntarme con él en una discoteca. Cubatas en mano y con bien de alcohol en el cuerpo, el tío me dijo que yo siempre le había gustado. Pero fue demasiado tarde. 

Joan, 29 años: "Nos recuerdo sobándonos por las esquinas en el recreo"

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Tenía 14 años y ella era la guapa de la clase. Fue mi primer amor no platónico, aunque reconozco que al principio solo me gustaba y el amor llegó poco a poco, como después de un año de relación. Los dos teníamos las hormonas a flor de piel y andábamos sobándonos en el patio, incluso perdimos la virginidad en un viaje del colegio medio borrachos. La quise muchísimo pero me destrozó que me pusiera los cuernos. Luego se los puse yo a ella y, a partir de ahí ya no volvió a ser lo mismo y lo acabamos dejando cuando, después del instituto, ella se fue a estudiar fuera. Unos cuantos más tarde volvimos a tener un remember un verano, pero se volvió a acabar por la distancia. Ahora creo que está casada con un sueco, pero perdimos el contacto.

Aroa, 30 años: "Era el típico malote"

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Mi primer amor del instituto era el más macarra de todos. Fui la típica que se encoña del malote de turno. Típica a la par que patética. Creo que en total estuvimos juntos más o menos un año, pero a este tiempo hay que restarle las pausas que hacíamos en nuestra relación por motivos tan trascendentales como que él se había enfadado porque no le gustaba la pareja que yo había elegido para un ejercicio de educación física, o que yo me había ofendido porque su ex le había hecho una perdida. Podíamos dejarlo un sábado y haber vuelto un lunes después de la tercera hora de clase. Muy sano todo.

Recuerdo especialmente las tardes tan divertidas que pasamos en su casa haciendo marranadas, hasta que llegaba su madre y yo me iba. También ese cosquilleo en el estómago cuando pasaba por delante de la puerta de su clase y sabía que él iba a estar mirando para verme esa fracción de segundo. Por nuestros respectivos cumpleaños nos regalamos joyas de valor incalculable. Yo a él un nomeolvides, el más hortera que se podía encontrar en la joyería, seguro, y él a mi una pulsera y un collar a juego. "Es de circonita", me dijo como si fuera diamante de 50 kilates. Lo dejé justo antes de que se comprara la moto para la que llevaba ahorrando todo el verano. No se me puede acusar de materialista.

Edu, 33 años: "Rompí un cristal intentando llamar su atención"

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Ni siquiera sé si lo mío se puede llamar amor o, como dijo Romeo Santos, "No es amor, es una obsesión". Resulta que, de los cuatro años que estuve en el instituto, tres me los pasé enamorado perdidamente de una chica que tenía dos años más que yo. Morena, pelo liso, deportista de élite y que, para colmo, iba a la clase de mi hermano mayor. Cada día me sentaba cerca de ella en el recreo, la seguía a cierta distancia a la vuelta a casa (eso sí, me pillaba de camino a la mía) e incluso iba a ver sus partidos de balonmano en plan groupie.

Un día conseguí su número de teléfono y me escondí para hacerle una llamada perdida y ver su reacción. Me pilló con el móvil en la mano y del susto me tiré para atrás con la mala suerte de que le di a una ventana y se hizo añicos. Fue patético además de peligroso. Lo peor es que jamás me atreví a decirle nada. Un drama que siempre guardaré en mi corazón para recordarme que en algún momento fui de lo más loser y creepy del lugar.