La seducción de Sofia Coppola o la necesidad de escapar del deseo masculino

En estos últimos años, la popularización, éxito y consagración de ciertas directoras en Hollywood ha elevado el debate sobre la necesidad de cada vez más voces femeninas en nuestra cultura en general. Sofia Coppola es, sin lugar a dudas, una de ellas, y su película La seducción es la última muestra de su innegable talento así como de su voluntad por ofrecer una visión que desafíe el relato dominante de nuestra cultura. Y, ¿qué mejor manera de hacerlo que a través del remake de un clásico de los setenta?

La decisión de la directora de revisitar El seductor de Don Siegel en plena era de secuelas y reinicios está cargada de intenciones y cierta mala leche. Coppola quiere dejar claro que está trabajando con un argumento y unos personajes que no son suyos, así que repite fielmente el desarrollo de la obra original: durante la Guerra Civil en Estados Unidos una escuela femenina asediada por las tropas yankees decide acoger a un soldado enemigo que ha sido herido en el campo de batalla. No obstante, su muestra de valores cristianos se tuerce cuando el intruso comienza a seducir a las diferentes mujeres de la academia.

Aunque al principio pueda sorprender que una cineasta tan consagrada se dedique ‘simplemente’ a reproducir con fidelidad el guión de la original, pronto nos percatamos de que, una vez sabemos qué va a ocurrir, lo que de veras nos importa es el cómo. La mirada que arroja Coppola sobre el material es lo que distingue su versión y la pone por encima de la de Siegel. El cambio de mirada supone un cambio en el protagonismo: del cabo McBarrow de la original pasamos a un reparto femenino mucho más cuidado, con actrices de la talla de Nicole Kidman, Kirsten Dunst o Elle Fanning. Este casting brillante se cierra con la decisión de dar el papel original de Clint Eastwood, icono universal de la masculinidad, a un triste Colin Farrell al que su propia seducción le queda grande.

La intención que se esconde tras esta innovación se hace evidente cuando uno analiza el discurso de ambas versiones. La primera era la puesta en escena del miedo a la castración cuando un hombre se enfrenta a un entorno matriarcal, y la seducción era la herramienta que garantizaba su supervivencia entre las mujeres. Aquí, la cineasta trasciende (aunque no abandona) el tema de la pérdida de privilegios por parte del hombre para centrar su atención en cómo reaccionan los personajes femeninos ante la llegada del soldado. El resultado es un retrato mordaz de una estructura patriarcal en la que la identidad femenina se construye a partir del deseo masculino. ¿La solución? Que las mujeres se junten y se desvinculen de ese deseo a cualquier precio.

A pesar de lo dicho, Coppola no se limita a aportar en la temática. Cada fotograma del filme hace patente su inconfundible estilo: de porte elegante pero sin caer en lo recargado y de tono sutil sin resultar anodino. Al contrario que otras películas de época, encontramos aquí una puesta en escena depurada, desde un uso de planos abiertos que aporta cierta distancia en el tratamiento psicológico a la sobriedad en que varias escenas clave son expuestas. A pesar de sus referentes cinematográficos (entre los que destaca la enigmática Picnic en Hanging Rock) y de su sentido del humor lacónico y cruel, resulta una de las obras más crudas de la autora. En ella dominan los silencios, las pausas, las sombras.

Sofia Coppola firma una cinta destinada a despertar pasiones. Es tensa, oscura y especialmente incómoda para el público masculino, pero el ingenio con el que actualiza el argumento original y la exquisitez estilística la alejan de ser aburrida o severa. El humor cáustico de su directora está presente desde el inicio hasta el mismo final de la película, sin que eso trivialice el problema expuesto en el filme. La seducción es un filme lírico, divertido y reivindicativo. Todo eso.